El feminismo y la alta sensibilidad

El viernes pasado fui  a la manifestación del Día de la Mujer. Realmente, me quedé  paseando por la Gran Vía. Estaba cortada al tráfico y una multitud consciente y alegre la bañaba. La manifestación aún estaría por el Paseo del Prado, por lo que no había agobios y se circulaba fluido.

La Gran Vía parecía una gran plaza pública donde se palbaba alegría y solidaridad. Muchas personas se hacían fotos, la luz del día caía y el cielo rojizo de marzo nos acompañaba. Sentía que era un momento mágico. Pocas veces una multitud me transmitía tanto entusiasmo y cariño. Me sentía bien, en conexión con todo aquello: un hilo robusto de solidaridad me interpelaba. Carteles con mensajes, pañuelos violetas, abrazos, familias. La lucha alegre y robusta de quien sabe que llegará.

Al poco cada vez había más y  más personas. No me quedé mucho más tiempo. Me retiré antes de que aquello me desbordara, tanto en términos de estímulos como emocional. Ponía mi grano de arena, ocupaba mi sitio y refrendaba mis ideas. Una sintonía profunda y vital con toda aquella voz me invadía. No sabría como expresarlo, pero era como si el dolor de muchas mujeres discriminadas, ninguneadas, silenciadas e incluso maltratadas, de repente se hubiera hecho manantial de vida. Una ola de superación que nos estuviera alentando en una comunión íntima y poderosa en aquellas calles.

Me acordaba de aquellos estudios que alguna vez leí que indicaban que la mujer, por el mero hecho de serlo en esta sociedad, es más proclive a tener más baja autoestima, más dificultad para alzar la voz y con menos habilidades para ejercer influencia (lo que también se traduce en “liderazgo”). Es complicado crecer oyendo expresiones anuladoras como “mujer tenía que ser”, “déjala, es una mujer”.  Y seguir desde la invisibilidad, oyendo como se utiliza lo femenino como algo despectivo, como sinónimo de débilidad, incapacidad, sumisión, fragilidad…. Todo son golpes bajos, pequeños pero firmes, que van haciendo mella en el autoconcepto de cada mujer.

Y esto, de alguna manera, se acentúa más en una mujer que sea altamente sensible. ¿Por qué? En primer lugar, por ser más capaz de captar sutilezas, leer entre líneas y reaccionar más emocionalmente ante esos mensajes, cada vez más sutiles pero constantes, en una sociedad que aún sigue siendo tan machista. Y en segundo lugar, porque en numerosas ocasiones, la propia alta sensibilidad te hace sentir con facilidad que estás nadando contracorriente, que hay algo en ti que, comparativamente, “no está bien”.

De alguna manera, todo pesa y configura nuestro “equipaje”.  Es como llevar dos nudos que resolver: la herencia del machismo y los conflictos que puede crear ser altamente sensible. He conocido mujeres altamente sensibles que, aún siendo conscientes, les ha costasdo un poco más zafarse de ese papel. Porque a la mujer, el machismo la ha supuesto y erigido como sensible, emocional e inestable. Y todo ello como un defecto, como algo que las hacía menos a tener en cuenta. Esto, a riesgo de generalizar, por un lado, les ha llevado a un trabajo más intenso y profundo de autoestima. Y por otro lado cuentan con un carácter más pausado, reflexivo, necesitando tiempo para pensar más las cosas, dificultando de alguna manera enfrentar una respuesta. El proceso ha sido más lento. Esto, sin duda, es a grandes rasgos.

El feminismo y la alta sensibilidad

Ante lo anterior, el movimiento feminista está brindando la sororidad como una vía de entrada más fácil. En general, la mujer altamente sensible no tenía  fácil encontrar su lugar en la lucha activa y visible socialmente. Ese papel de “mujer echada para delante”,  liderando grupos, es un gasto de energía extra no fácil de asumir. Sin embargo, la alta sensibilidad es un don cuando se trata de tejer solidaridad, ayuda, grupos de escucha… la sororidad como método humano, cálido y auténtico de apoyo y enriquecimiento. Y ahí, una mujer que se altamente sensible, tiene la mejor herramienta para actuar.

Comulgo con la frase “el futuro será feminista… o no será” porque creo que hace falta el feminismo, con su enfoque igualitario, respetuoso, humano y sentido de la vida y las personas. Y a la vez también creo que hace falta la alta sensibilidad en el mundo, un rasgo que, recordemos, no tiene género y es transversal. Porque la alta sensibilidad nos permite captar mejor la empatía, entender mejor el sufrimiento y el dolor de la otra persona. Nos invita a ponernos en sus zapatos y entender su historia. Porque la alta sensibilidad se siente mejor cuando contruye y no compite, cuando conecta y no divide. Y de igualdad y sororidad va el feminismo. Y de hecho, si hubiera una mayor alta sensibilidad imperando en el mundo, el feminismo tal vez lo hubiera tenido más fácil en la lucha de sus objetivos.

Ser altamente sensible en Carnaval

El carnaval desde siempre ha sido una fiesta que me ha creado conflictos. Quizás por algo en mí, fácilmente me opongo a las fiestas que obligan a hacer o sentir algo. Esta presión aprendí a lidiarla con la navidad, quedándome con aquello que realmente vale la pena de estas fiestas. Con el carnaval es diferente. Se trata de una celebración en la que, si quieres formar parte, debes expresar una alegría, una festividad, que, en esos términos, me es ajena y no conseguía entenderla.

Diría que el Carnaval es la fiesta de la extroversión por excelencia. En cambio, me considero una persona introvertida. Además, busco espacios tranquilos y relaciones auténticas. Aun entendiendo el juego implícito que conlleva el carnaval con máscaras y disfraces, me creaba incomodidad tener que participar en un juego sin mayor propósito que el deber de participar para no quedarte fuera. ¿De qué te vas a disfrazar? Antes respondía “ya llevo un disfraz todos los días”. A pesar de esa respuesta tan desabrida, no dejé de recibir invitaciones, pequeños guiños, a mi alrededor para integrarme en fiestas de carnaval que no me satisfacían plenamente.

Antes me refería a disfraces, obviando el carnaval de chirigotas y comparsas. Que no te hagan gracia ciertas puestas en escena o que no te digan nada es ubicarte en una zona de riesgo. ¿Qué hago cuando veo que no encajo, que no comparto ese sentido del humor? Y surge el temor íntimo al sentimiento aislado.

Conviviendo con el Carnaval

En general, aún hoy, siento que el carnaval pasa a mi lado como compañero de tránsito: coincidimos pero sin molestarnos mutuamente. Para mí fortuna, no vivo en zonas ni regiones de gran tradición como pueden ser La Bañeza, Ciudad Rodrigo, Canarias, etc. También mis relaciones sociales y mis amistades más próximas orbitan lejos de fiestas y escenas carnavalescas. No hay gran amor o tradición por la fiesta. Si bien, aún me siguen llegando invitaciones y propuestas. En este trabajo interno para encontrar un equilibrio, he identificado tres ejes con los que abordar esto:

  • Me gusta ver la gente feliz
    Aunque yo no participe, aunque no sea la fiesta en la que yo pueda aportar, me gusta palpar felicidad a mi alrededor. Ya sea un par de horas o todo un fin de semana. A sabiendas que es una celebración con sus normas e incite directamente a ello, me hace sentir que la felicidad es posible. Y no es una vaga sensación de ingenuidad, sino de íntima certeza.
  • Disfruto con la belleza
    Cuando en televisión veo las galas del Carnaval de Gran Canaria o veo disfraces por la calle, me quedo con al belleza plástica que se despliega. Por muy sencillo que sea, hay cierta propuesta artística. Resuena en mí música cálidamente feliz como la de Manhã de Carnaval. Una apuesta por lo estético, por lo armonioso, dentro de lo que es: una fiesta para el desenfado (y cuidado, muy sobreestimulante). Ya no guardo desazón ni critico a quienes se aventuran a disfrazarse. Observo la libertad y apertura que conllevan y me quedo con esa beneficiosa sensación.
  • Solo será un tiempo
    A diferencia de las navidades, me mentalizo que el Carnaval son solo unos días. Recupero la metáfora de la montaña rusa: ¿quién disfruta más el escaso tiempo de la atracción?, ¿quienes se aferran a las barras del vagón o quienes se sueltan de las manos y gritan de la emoción? Y así me permito que el Carnaval transite por mí.

Sin olvidar que …

Aun así, si me invitan a celebrar alguna tradición, busco las claves para llevarlo e buscar el disfrute. Hago especial hincapié en cuidarme, especialmente de la sobreestimulación que conlleva toda fiesta.

a) Ser yo … incluso con disfraz: Que mi disfraz sea íntimamente coherente conmigo. Hace unos me disfracé de árbol, lleno de verde y profuso. Me hace sentir que participo con lo mejor de mí.

b) Dosifico las energías: Siempre aviso que posiblemente me retiraré pronto. Aunque ya me conocen, siembro el terreno para que nadie se sorprenda si me retiro pronto.

c)  Descanso y descanso:  No estoy todo el día en la calle, salgo cuando realmente me apetece e incluyo en mis rutinas paseos a solas, mejor si es entre los árboles.

d) Sé hasta donde llego: no me va a gustar de repente una celebración que nunca me atrajo. Pero identifico en qué me conecto con al fiesta y en ello baso mi experiencia para que me aporte y participar.

Y tú, ¿cómo vives el carnaval?

 

Cuando maldigo mi alta sensibilidad

Mujer PAS pensativa

Introducción

Con naturalidad me permito estar triste. Es en esos momentos cuando me permito maldecir mi alta sensibilidad. Sucede de vez en cuando, como al abrir una válvula de escape aún por sanar. Soy un ser humano, y esto implica muchas cosas: la primera es la imperfección. Aún me queda trabajo interno por hacer, aunque mi mente me empuje a creer lo contrario. La mente se mueve en el campo de lo perfecto. La vida real, sin embargo, es un campo variable donde intervienen las circunstancias, las personas y los días.

Voy a contar una historia personal que ilustra un ejemplo, de cómo la empatía emocional y el íntimo deseo de la perfección colisionan con los umbrales que la alta sensibilidad biológicamente nos marca. Y cómo esto hace que a veces sienta la alta sensibilidad cómo una camisa de fuerza, como un limitante invisible de mis más íntimas capacidades y deseos.

Nudo

Hace año y medio conocí por casualidad a una persona.  Como muchas veces en esta sociedad digital, primero fue online. Algo brusca pero siempre respetuosa en las formas, esa persona resultó ser pura bondad cuando nos conocimos en persona. Con la generosidad y cierta represión de emociones por bandera, nos fuimos aproximando. Me contaba que su padre estaba en un proceso de quimioterapia. Y me contó otras cosas. Pero yo entonces no estaba en mi mejor momento (aunque detesto esta manida frase…). Me sentía bajo una marea de estímulos laborales, presiones y contaminación mental que de algún modo no me dejaban ser del todo yo. Sin embargo, esa persona siempre estuvo ahí, saludándome, esperándome con infinita paciencia.

A veces me llamaba y no se enfadaba si no respondía. A veces me enviaba un mensaje y no se enfadaba si le respondía al día siguiente. Una presencia constante de fondo que nunca se olvidaba de mí. Nos veíamos en ocasiones. Siempre me decía “estoy muy a gusto contigo” y siempre lo tomaba como un halago. Recuerdo su sonrisa, sus formas desenfadadas rozando la inocencia. Alguien que parecía tener el corazón de un niño pero con más cicatrices.

Un tiempo intuí la muerte de su padre, en un tiempo de ausencia y silencio prolongado conmigo. Al final en las redes sociales se puede leer cosas entre líneas. Yo no supe cómo actuar ni qué decir y opté por lo más cómodo: no decir nada. Mi vida seguía en el vaivén de las circunstancias, con mis problemas y mis presiones. Me recuerdo bajo un mundo que a veces me ahogaba… y necesito administrar energías, centrarme, para poder sacar cabeza y avanzar.

Hace semanas, volviendo a casa después de habernos visto una vez más, me dio por pensar con perspectiva. Tomé el valor de nuestra relación y un pequeño terremoto me sucedió. Las emociones ascendían por mi garganta y me humedecían, casi me dio por llorar. Me sobrevino ese pensamiento resbaladizo de culpa e incapacidad. Me decía que no había estado a la altura, que no le había hecho caso, que no había sabido responder. Frente a toda la paciencia, bondad y cercanía que no dejaba de mostrarme, yo simplemente lo había tomado como si fuera ropa básica de armario, que solo usaba cuando quería apostar seguro. Sentía que no había tenido detalles, cercanía y dedicación, como, ahora razono, hubiera salido de mí en ese contexto. Me sentía realmente mal, y me vi buceando en ciénagas de maltrecho amor propio y baja consideración. ¿Qué me había pasado?, ¿cómo podía haber actuado así?

Son momentos de lucha interna, de conciencia y debilidad. Entre el atropello de pensamientos de mea culpa y la voz que me dice que no estaba practicando justicia conmigo. En esas irrupciones, las emociones me sacuden y no me dejan pensar con serenidad. Y si me dejaba arrastrar por esevtorbellino, podría hundirme aún más. Así que, como quien sostiene la vela de un barco contra el viento, me forcé en respirar y empezar a pensar.

Desenlace

En estos momentos de tanta turbulencia, intento siempre andar o hacer algún ejercicio leve. Dejo que el cuerpo se desgaste, que deje salir la frustración o el enfado y me permita liberar tensión. Y así, al andar, intento aclarar la cabeza y van saliendo los pensamientos. Y ahí puede llegar un poco de luz serena.

Sé que en el fondo siempre he estado ahí, que no he dejado de responderle. Que he hecho lo que mejor que he podido en cada momento, y que no puedo exigirme más. Mi cansancio, mis rutinas, mis caminos… me han ido llevando en el pasado. Y no sería justo exigirme más: haber tenido en cuenta más cosas, haber ido más lejos. Si cada día hice lo que hice, fue porque creí que, en su momento, era lo mejor, lo más correcto.

Y esta reflexión que me calma, me lleva a la isla de la palabra, donde puedo empezar a dialogar. Hablando empiezo a atisbar las oportunidades. Tengo tiempo para recuperar, coser y fortificar. Me he animado a hablar más con esa persona, a preguntarle por sus impresiones, por sus emociones. A sustituir mis percepciones borrosas, a mis suposiciones punitivas por una realidad contrastada. Mi alta sensibilidad ya me sonríe.

Me he remangado para hacer mío el deseo de estar a tiempo para profundizar en la relación y ponerla en valor. Tomar consciencia de lo que es y lo que significa y que desde este punto puedo darle más contenido y atención, en el lenguaje de la gratitud y el conforto. Recuerdo que la imperfección es natural pero que en mí está poder aderazar el camino. Y ahí, mi alta sensibilidad, mi capacidad emocional, es un tesoro inestimable. Lo que antes me parecía un nudo en la gargante, ahora es un bote salvavidas. Se me aparece como esa mano a la cual puedo aferrarme tras la tormenta dejada atrás.

Cuatro lecturas básicas para la alta sensibilidad

Lecturas recomendables sobre la alta sensibilidad

El aprendizaje del rasgo es una tarea que toda persona altamente sensible debe realizar para gestionarlo correctamente. Este aprendizaje se alcanza a través del conocimiento, y a éste se puede llegar sobretodo al principio a través de la lectura. Para ello, es esencial saber seleccionar qué libros, entre lo riguroso y lo didáctico, nos pueden aportar ese aprendizaje enriquecedor.

Esta labor es a veces compleja y confusa, creándonos muchas dudas. Nos podemos perder en la explosión de libros de autoayuda,  desde la psicología positiva y gurús de la nueva espiritualidad. Hipotéticos títulos tales como “El secreto de la felicidad”, “El amor a tu alcance”, “20 hábitos que te harán vivir feliz”.… En mi opinión muchos de esos libros son refritos o están inspirados realmente en varios otros. En el mejor de los casos, simplemente nos transmiten una sensación de haberlo visto y leído anteriormente, pero con otras palabras.

Su lectura puede reconfortar, pero más allá del efecto placebo, es muy difícil que la mayoría de esas lecturas produzcan una mejor gestión y una transformación personal hacia el bienestar. Generalmente funcionan como pastillas de efecto inmediato. No hay nada nuevo, no nos dejará un poso que remueva nuestras estructuras. Si acaso nos reconfortará al sentirnos con más ánimo aunque en el fondo no nos haya aportado nada que no pudiéramos haber sabido.

Con un fin instructivo he elaborado este “kit” básico de lectura, cuatro títulos a modo de pilares. Ninguno de los títulos busca un efecto inmediato y placebo. Ninguno de ellos será un torniquete de urgencia, sino que buscan algo profundo como  remover, replantear y reeducarnos. En definitiva, son lecturas para asimilar y crecer. Obras para adquirir herramientas para la gestión desde la alta sensibilidad.

1. El don de la sensibilidad de Elaine Aaron

Es el único libro que está directamente relacionado con la alta sensibilidad. Es la piedra angular y sobre éste se basan todos los demás que hablan del rasgo. Su lectura es imprescindible para trazarnos un marco y también respondernos muchas preguntas sobre nosotros mismos y reacciones. Esto es básico para conocernos y explorarnos. Es curioso como en internet, aún muchas personas avanzan en el rasgo sin buscar una fuente fiable y rigurosa, presuponiendo qué es ser altamente sensible. Aun así, debemos contextualizar este libro. Me refiero: es un libro-literatura, lanzado en los años 90, con estudios realizados en población norteamericana. Es decir, no hay que buscar una identificación en cada frase, sino saber entender y comprender qué supone la alta sensibilidad y todo lo que deriva de ella.

2. El poder del Ahora de Eckhart Tolle

El agotamiento por pensar tanto, darle vuelta a las cosas, vivir en la deuda con el pasado y la ansiedad del futuro… Este libro nos propone de forma clara cómo gestionar el volumen de información que nos llega, a través de la conciencia plena. Una guía que nos conduce a centrarnos en el presente, el “aquí y ahora” que nos trae la práctica de mindfulness. De lectura sencilla pero progresiva, ilustra la diferencia entre dolor y sufrimiento, la priorización e identificación de pensamientos… En definitiva, inspira y muestra como vivir una vida más en el presente, con pensamientos más depurados. Vinculado con la meditación y la espiritualidad, promueve también cómo ejercer cierta higiene mental. Es decir, centrarnos en el núcleo de las cosas y evitar las preocupaciones y pensamientos innecesarios.

3. El arte de pensar: cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico de José Carlos Ruiz

Si el libro anterior nos ayudaba a través de la disciplina de la conciencia plena, este libro lo complementa perfectamente. Su lectura nos entrena para obtener una estructura de pensamiento robusta, profunda y mejor preparada desde la propia higiene mental. Esto no se refiere a que reprimamos la parte emocional, sino a alcanzar una forma más equilibrada desde nuestro interior. Es decir, que aprendamos a sentirnos más fuertes y capaces mentalmente para afrontar retos diarios. Una forma de pensar adiestrada para identificar las circunstancias que nos rodean, saber interpretar adecuadamente el contexto y finalmente tomar decisiones con mayores garantías. Es como asistir a un “gimnasio del pensar”. Así, nuestra forma de pensar estará plenamente en forma y capacitada para transitar.

4. El Camino hacia el amor de Deepak Chopra

Hay muchos, muchísimos, libros sobre el amor si bien desconfío de la mayoría. Q se quedan en conceptos muy elevados o lo abordan de forma tan personal que acabo por sentirlo ajeno y finalmente desconecto. Luego están sobre los patrones de ansiosos, evasivos y seguros, sobre los que ya escribiré en este blog.  Sin embargo, a este libro de Chopra, conocido autor, hay que llegar con serenidad emocional y apertura sentimental. Es la lectura cuando queramos conocer mejor el mapa del amor, el tejido de las relaciones, las ideas fosilizadas que arrastramos sin darnos cuenta. Durante su lectura se recorren todos los estados del amor de pareja (desde la soltería, el enamoramiento, la madurez, etc.). Como metáfora, este libro será como arar la tierra para que se oxigene. Así, toda la semilla que pongamos en ella pueda echar raíces más firmes y profundas.

 

¿Has leído alguno de estos libros?, ¿me recomiendas alguno más? Me encantará saber de tus propuestas aquí.

La intimidad en las relaciones para una persona altamente sensible

La intimidad es un escondite. Sin armadura ni disfraces, nuestras emociones descansan en ese lugar secreto. En los recovecos de la vida fuimos aprendiendo a meter en nuestra intimidad todo lo que real y libremente somos. En la intimidad recreamos lo que sentimos. Esto incluye los miedos, las inseguridades, insatisfacciones, dolores antiguos, fantasías, traiciones, sueños guardados… Todo lo que un día quisimos que fuera y no fue, todo aquello que nos encantaría que fuera, pero tenemos dudas de que pueda ser. Es donde no necesitamos ser tan fuertes, donde cerramos los ojos y descansamos, donde ya no debemos ser tan valientes. Donde no tenemos que batallar la vida, sino tan solo vivirla. Donde la vulnerabilidad no nos resfría ni ningún miedo nos alerta.

Bajo la trampilla, detrás de la cortina, debajo de la cama, dentro de una caja que hemos aprendido a cerrar. La intimidad tiene zonas de luz y también oquedades muy oscuras.  La luz puede venir de sentirnos queridos, y la energía que emana de esa sensación. Las zonas sombrías que conviven dentro pueden tener muchos orígenes: miedo al rechazo, a que no gustemos, miedo que de nuevo nos abandonen, a que suframos tanto como aquella vez, miedo a que la baja autoestima nos apriete la garganta, miedo a hundirnos en mares oscuros donde no sepamos salir a flote…

La intimidad oscura es un campo de batalla muy personal, donde libramos pequeñas guerras y pactos para introducir un poco luz en sentimientos que nos crean zozobra. Ahí estamos a solas con esas emociones, sin juzgar ni compartir con nadie más. Puede ser lo que queremos que sea: un lienzo doloroso, una ventana abierta, una playa desierta… Al final es donde podemos sentir muchas cosas y observar sin vergüenza ni pudor nuestras propias emociones.

La intimidad y las relaciones

Cuando decidimos establecer una relación sentimental con otra persona, sabemos que esto también implica empezar a desbloquear ciertos accesos a nuestra intimidad. No se trata de abrir compuertas sin más para que la intemperie abrase nuestro preciado espacio personal. No se trata de obligarnos a algo que no queramos. Pero sabemos que, tarde o temprano, una relación sana, robusta y basada en la confianza implica conectarnos mutuamente. Desde la intimidad, como dos árboles que se cogen de las raíces, bajo la tierra y fuera de nuestros ojos. La intimidad compartida es condición necesaria pero no suficiente para que una relación pueda ser fructífera y reconfortante.

Más tarde, más temprano, poco a poco… pero hay una intimidad que sentimos que debemos compartir si queremos apostar por una relación. Y ese sutil deber emocional, esa noción imprecisa pero cierta, nos puede frenar.

Nos frena para realmente lanzarnos a tejer y construir una relación. Las causas no atañen únicamente a las personas altamente sensibles, pero entre las personas altamente sensibles se da con agudeza. Hemos llenado nuestra intimidad, calma y solitaria, de miedos y vergüenzas, de inseguridades con las que nos hemos acostumbrado a convivir. Y de tan hermética y dolorida que es nuestra intimidad, nos cuesta mucho poder permitir que una bocanada de aire, un rayo de luz, entre dentro. Seguro que alguna vez, en nuestra memoria emocional, pensamos que la abrimos y nos la pisotearon, la ignoraron o se rieron de ella. Seguro que alguna vez con ansiedad dejamos entrar a alguien y exprimieron nuestros secretos.

La autoestima, de nuevo

Si viéramos con detalle cada caso, se podría encontrar patrones de conducta parecidos. Si bien una constante en el freno a compartir tiene su origen en una baja autoestima. Y la autoestima es el talón de aquiles más común de una persona altamente sensible. Nuestra facilidad para identificar sutilezas incluye también aquellas que implicaban rechazo, menosprecio o minusvaloración de nuestra forma de ser, estar y sentir. Sumado a nuestra capacidad de procesar de forma profunda todo ese rechazo. A medida que crecemos, en un nivel más visible y cotidiano, se encuentra el difícil encaje que a veces tenemos en un entorno social, por nuestra necesidad de descanso y tiempo a solas, nuestra tendencia a pensar y pensar y pensar mucho las cosas… Persiste la sensación de estar nadando siempre a contracorriente.

Pero no es el único. Al final, si no creemos en el valor de nuestra intimidad, si hemos acumulado dolor y decepción, se hará más difícil. Porque el dilema al que nos enfrentamos ante una relación es si estamos o no en disposición de compartir nuestra intimidad con una persona. Puede ser un deseo muy fuerte, aspiracional, tantas veces soñado. Sin embargo, aterrizar ese deseo requiere una estructura emocional, una autoestima sana que nos permita ofrecer sin miedo ni temores. Ni tampoco concesiones a un pasado que no puede seguir lastimándonos. Asumir que las sombras también es una parte nuestra. Que no hay luz sin sombras y que las sombras nos hacen humanos y reales. Y llegar al punto de compartirlo con convicción, sin obligación y liberados de la a veces asfixiante idea de vulnerabilidad.

Soy altamente sensible … y más cosas

Cuando explico cómo se vincula muchas cosas de mí con el rasgo de la alta sensibilidad, suelo usar metáforas . En  un contexto social es una forma más visual y sencilla de asimilar el concepto. Implica en ocasiones  tocar ciertas generalidades si bien facilita la comprensión. Es en estas situaciones cuando, desde hace tiempo, alguien añade  “bueno, yo pensaba que era altamente sensible pero es que me gusta (por ejemplo) salir de fiesta y no leo mucho”. Al principio me costaba reaccionar, así expresado ¿qué tenía que ver una cosa con la otra?

La alta sensibilidad es un condicionante, digamos, biológico que tiene consecuencias en el procesamiento y gestión de la información. A mí siempre me ha parecido muy claro que se puede altamente sensible y más cosas. Por ejemplo, que, quien lo quiera y guste, se puede ir un día a una fiesta con amigos y disfrutar. Porque te guste bailar, oír música, etc. Lo general es que ni estés mucho tiempo, por sobrestimulación, ni interactúes con todos sino que prefieras disfrutar de la compañía de unos pocos.

En mi caso, y por lo general, prefiero por ejemplo una cena con pocos amigos. Así al menos es como gestiono y vivo mejor desde  mi propia alta sensibilidad. Alguna que otra vez, después de la cena y haber vencido la pereza, nos hemos acercado a un bar. ¿Los motivos? Un rato más en compañía, me encanta la música y sentía que hacía algo diferente. Me hubiera sentido raro si alguien me hubiese recriminado “pero bueno, ¿tú qué haces aquí? ¿no eres altamente sensible?”.

Conócete a ti mismo

Muchos blogs, artículos y demás literatura que abunda en internet nos venden la idea de que las personas altamente sensibles somos seres de luz. Nacemos como  “ángeles azules” (como una vez leí) que vivimos solitarias en nuestras mazmorras particulares, leyendo sesudos pergaminos sobre generosidad y bondad. Pero no es así, o tal vez sí… la cuestión es cuando se induce a estereotipar y fosilizar una etiqueta. Como decía el conocido aforismo: conócete a ti mismo. Somos altamente sensibles, ¡y más cosas! Y ojo, esas “más cosas” pueden tener su origen en la dificultad para gestionar el rasgo, caso que contaré en otra ocasión.

Dependerá de donde vivas, del trabajo que tengas, de lo que te guste y no, de cómo expresas tu creatividad… He conocido a personas altamente sensibles que por ejemplo han hecho de su creatividad su empresa y otras que aprobaron oposiciones. Personas que viven en pequeñas ciudades o en grandes ciudades como Madrid, que se emocionan tocando en su guitarra una canción de rock independiente o deleitándose con piano.

¿Quiere decir que esto que entonces no tenemos en común? En absoluto. La alta sensibilidad es un rasgo que te condiciona, que te configura, y mucho. Y hay características en común que son inevitables e innegables: periodos de descanso y de estar a solas, más tiempo para pensar y tomar ciertas decisiones, empatía emocional, necesidad de vínculos y pensamientos más profundos… De hecho, hay ciertas situaciones donde es más habitual que alguien con alta sensibilidad se encuentre en su “estado natural”. Usando una metáfora fluvial, como un río que finalmente encuentra su cauce .

Todo esto es el marco común en el que todas las personas altamente sensible nos movemos. Piensa que, además, hay aspectos personales, capas extras y pequeñas características adicionales. Detalles que ya sea por gustos, naturaleza o aprendizajes personales, admite variaciones. Y en esas variaciones es donde reposan identidades, particularidades y maravillosas diferencias que nos hacen ser personas también semejantemente diversas.

La sobreestimulación (en la alta sensibilidad)

¿Qué es la sobreestimulación? Es una experiencia bastante cotidiana para cualquier persona altamente sensible. Cada día en el autobús, el supermercado, las calles comerciales, los bares… es inevitable rozarse, encontrarse, toparse con multitudes. Sumergirse en un pantano de estímulos que no cesan. La persona que te habla, la pareja que discute al fondo, la música que suena, el frío que te llega por el tobillo, el olor que se aproxima… Cuando sientes todo, cuando lo procesas de forma consciente y no puedes cerrar el grifo. Te estás empapando de todos los estímulos que, como una nube de mosquitos, sobrevuelan a tu alrededor.

Con el cansancio quieres salir de ahí. Necesitas un sitio más tranquilo. Idealmente sin gente, sin ruido, sin trasiego. A veces funciona ir a servicio del bar y respirar. Otras veces salir fuera a orear la cabeza. En realidad solo ganas tiempo, porque el cansancio ya te dio la primera dentellada. Sabes que no tardarás en querer irte. Tu cabeza ya busca las palabras, el motivo o la excusa para salir de allí y poder llegar a casa. Tienes cosas que hacer, el día fue horrible, no duermes bien… Todo lo anterior es cierto, lo estás viviendo, aunque ahora en tu voz suenen como excusas. Observas que todos los demás disfrutan. Te llega una risa estruendosa, el ruido del lugar sube como si estuvieran llenando una pecera. Y se va acelerando esa extraña sensación de ahogamiento si no sales pronto del lugar.

Y finalmente llegas a casa. El silencio sanador te espera, un vacío cálido en el que, poco a poco, vuelves a ser tú. Porque en casa no hay multitudes, no hay ruidos, olores, risas, empujones, personas… que te sigan drenando la energía.

¿Qué ha sucedido? Has vivido un episodio de sobreestimulación.

La sobreestimulación

Una característica esencial de la alta sensibilidad es que el umbral de percepción es más bajo y por tanto, el volumen de datos que nos llega es mayor, mucho mayor. Es como un obturador de la cámara tan abierto que entra mucha luz, una cantidad ingente de información. Y es esa piel tan porosa que hace que no filtremos tanto como nos gustaría y nos llega más de lo que somos capaces de gestionar. Un torrente de datos, consciente e inconsciente, que nos entra.

La alta sensibilidad es como tener un condicionamiento biológico, una estructura orgánica de compuertas más grande que la media. Y como nos entran más estímulos que a la media, nos sobreestimulamos más fácilmente,  es decir, el cansancio nos llega antes. En otras palabras: nuestro punto de “a partir de cuando…” es sencillamente más temprano. Por eso, el primer síntoma fácil de identificar ante la sobreestimulación es el cansancio, o agotamiento, como cuando estamos en entornos que nos envían mucha información, como por ejemplo, los descritos anteriormente, multitudes de personas, lugares con mucho ruido o con muchos olores.

No podemos cerrar ese obturador para que nos llegue menos, es decir,  no podemos cerrar el grifo. Por tanto, la opción que nos queda, y que debemos cultivar, es gestionar la sobreestimulación a través de un muy resumido SER.

S de Sentir: siente lo que te impacta y conócelo, identifica tus detonantes. Es decir, ¿qué es lo que más te agota?, ¿las multitudes?, ¿el ruido?, ¿ambas cosas? Saberlo es una ayuda para luego poder tomar decisiones. A mí, por ejemplo, el olor no es algo que me perturbe mucho pero sí me afecta muchísimo el ruido y los cambios de temperatura.

E de Educar (o de Expresar): avisa y educa en tu entorno. Si vas a una fiesta o una cena multitudinaria, avisa que te irás antes. Si no te gusta mucho un sitio con mucho ruido, expresa que te gustaría un local más tranquilo. Expresar lo que queremos, lo que necesitamos, lo que nos sienta bien es el primer paso para ser y también para estar a gusto con otras personas. Es muy posible que al verbalizarlo, otras personas se sientan identificadas.  Sé que hay muchos matices en esto, ya que también es posible que no todos estén de acuerdo, es parte del proceso. Si bien, comunicarlo de una fora u otra nos hará bien. Por un lado, evitaremos que nos arrastre el cansancio y por otra parte, cuidaremos de nuestra autoestima al sentirnos capaces y no sepultados.

R de Respetarte: no hay que ser ningún superhéroe. No hay que resistir circunstancias que a todas luces nos apabullan. Respeta lo que sientes y cómo te sientes, escucha tu cansancio y actúa. Si no te respetas, a la larga aparecerán secuelas físicas, como agotamiento crónico y otras dolencias, así como psíquicas, como baja autoestima.

Soy altamente sensible

Me presento: soy altamente sensible. Recuerdo que me costaba decírmelo al principio. Sonaba extraño, como una etiqueta que hasta entonces había desconocido. Si bien, la conexión tan profunda que sentía hizo que pronto superase esa primera extrañeza. ¿Cómo no lo había sabido hasta ahora? Se me pasó por la cabeza toda mi vida vivida en pocos segundos. De pronto había adquirido unas lentes que explicaban todo lo vivido y, sobretodo, por qué y cómo me había afectado.

La vida pasa, los hechos suceden… y en medio estamos nosotros “codificando” esas experiencias. Las diferencias residen ahí: en cómo vivimos las cosas, y como éstas nos acaban afectando. Y en ese “cómo nos afectan” hay dos partes. Una en la que podemos influir y otra en la que ciertamente no.

Para explicarme usaré la metáfora del barco: vivir es como navegar en una embarcación que nos ha tocado desde que nacimos. Ese barco puede ser un galeón, una lancha motora, un buque, un barco velero… Cada persona tiene su propia navegación, única e intransferible.

En cada barco hay decisiones, márgenes de acción que decidir: las velas, el timón, los vientos. Podemos, de forma consciente, activar modos de regulación. Sin embargo, hay algo muy importante que no podremos cambiar durante toda la travesía: el propio barco. ¿Y qué conclusión se deriva de esto? La primera es que debemos conocer qué barco nos ha tocado. Es decir, en qué cuerpo y con qué características estamos viviendo.

Cuantas veces nos hemos lanzado a surcar olas y desafiar vientos sin saber en qué “barco” lo estábamos haciendo. Podremos superar mucho si nos lo proponemos, sí, pero ¿a qué coste en términos de desgaste físico y emocional?, ¿hay otra forma? En este proceso debemos evitar comparar las embarcaciones: todas, en sus diferencias, son válidas. Un buque puede ser más imponente y estable, pero es más lento en los cambios. Una barca es ágil, rápida y hasta divertida, pero cuidado cuando arrecien los vientos.

Volviendo a la metáfora, el barco en el que navegamos somos nosotros, nuestro cuerpo y sus características biológicas. Cuando me dije que era altamente sensible, estaba asumiendo que mi barco tiene unas características que derivan de la alta sensibilidad. Así, debo conocerlas para realizar mejor mi singladura. No solo sin destrozos ni sufrimientos más allá de la peripecia del viaje sino, sobre todo, para saber disfrutar más del viaje. Finalmente había comprendido qué tenía un “barco altamente sensible” para navegar la vida y que debía conocerlo para saber dirigirlo.

Durante ese proceso de autoconocimiento, comencé a comprender las ventajas y limitaciones que mi “barco” me ofrecía. Limitaciones que no asumí como restricciones, sino como punto de partida. Desde ahí tenía la personal tarea de resolver nudos y comprender su origen. Reconocí aspectos que me creaban dolor, desasosiego o ansiedad, debiéndose a no haber sabido aún dirigir bien mi barco. De todo esto hablaré en otras entradas de este espacio.

Así que sí, soy altamente sensible. Lo digo de forma pausada y agradecida, tras el trabajo de conocerme y profundizar en mí. He conseguido conocer mi barco, identificar cómo todo eso me condiciona en la vida y aprender las herramientas más aptas para que esta singladura que es la vida sea más apacible y enriquecedora.

Y para compartirlo, he creado este espacio ¿me acompañas?