Soy altamente sensible

Me presento: soy altamente sensible. Recuerdo que me costaba decírmelo al principio. Sonaba extraño, como una etiqueta que hasta entonces había desconocido. Si bien, la conexión tan profunda que sentía hizo que pronto superase esa primera extrañeza. ¿Cómo no lo había sabido hasta ahora? Se me pasó por la cabeza toda mi vida vivida en pocos segundos. De pronto había adquirido unas lentes que explicaban todo lo vivido y, sobretodo, por qué y cómo me había afectado.

La vida pasa, los hechos suceden… y en medio estamos nosotros “codificando” esas experiencias. Las diferencias residen ahí: en cómo vivimos las cosas, y como éstas nos acaban afectando. Y en ese “cómo nos afectan” hay dos partes. Una en la que podemos influir y otra en la que ciertamente no.

Para explicarme usaré la metáfora del barco: vivir es como navegar en una embarcación que nos ha tocado desde que nacimos. Ese barco puede ser un galeón, una lancha motora, un buque, un barco velero… Cada persona tiene su propia navegación, única e intransferible.

En cada barco hay decisiones, márgenes de acción que decidir: las velas, el timón, los vientos. Podemos, de forma consciente, activar modos de regulación. Sin embargo, hay algo muy importante que no podremos cambiar durante toda la travesía: el propio barco. ¿Y qué conclusión se deriva de esto? La primera es que debemos conocer qué barco nos ha tocado. Es decir, en qué cuerpo y con qué características estamos viviendo.

Cuantas veces nos hemos lanzado a surcar olas y desafiar vientos sin saber en qué “barco” lo estábamos haciendo. Podremos superar mucho si nos lo proponemos, sí, pero ¿a qué coste en términos de desgaste físico y emocional?, ¿hay otra forma? En este proceso debemos evitar comparar las embarcaciones: todas, en sus diferencias, son válidas. Un buque puede ser más imponente y estable, pero es más lento en los cambios. Una barca es ágil, rápida y hasta divertida, pero cuidado cuando arrecien los vientos.

Volviendo a la metáfora, el barco en el que navegamos somos nosotros, nuestro cuerpo y sus características biológicas. Cuando me dije que era altamente sensible, estaba asumiendo que mi barco tiene unas características que derivan de la alta sensibilidad. Así, debo conocerlas para realizar mejor mi singladura. No solo sin destrozos ni sufrimientos más allá de la peripecia del viaje sino, sobre todo, para saber disfrutar más del viaje. Finalmente había comprendido qué tenía un “barco altamente sensible” para navegar la vida y que debía conocerlo para saber dirigirlo.

Durante ese proceso de autoconocimiento, comencé a comprender las ventajas y limitaciones que mi “barco” me ofrecía. Limitaciones que no asumí como restricciones, sino como punto de partida. Desde ahí tenía la personal tarea de resolver nudos y comprender su origen. Reconocí aspectos que me creaban dolor, desasosiego o ansiedad, debiéndose a no haber sabido aún dirigir bien mi barco. De todo esto hablaré en otras entradas de este espacio.

Así que sí, soy altamente sensible. Lo digo de forma pausada y agradecida, tras el trabajo de conocerme y profundizar en mí. He conseguido conocer mi barco, identificar cómo todo eso me condiciona en la vida y aprender las herramientas más aptas para que esta singladura que es la vida sea más apacible y enriquecedora.

Y para compartirlo, he creado este espacio ¿me acompañas?