Ser altamente sensible en Carnaval

El carnaval desde siempre ha sido una fiesta que me ha creado conflictos. Quizás por algo en mí, fácilmente me opongo a las fiestas que obligan a hacer o sentir algo. Esta presión aprendí a lidiarla con la navidad, quedándome con aquello que realmente vale la pena de estas fiestas. Con el carnaval es diferente. Se trata de una celebración en la que, si quieres formar parte, debes expresar una alegría, una festividad, que, en esos términos, me es ajena y no conseguía entenderla.

Diría que el Carnaval es la fiesta de la extroversión por excelencia. En cambio, me considero una persona introvertida. Además, busco espacios tranquilos y relaciones auténticas. Aun entendiendo el juego implícito que conlleva el carnaval con máscaras y disfraces, me creaba incomodidad tener que participar en un juego sin mayor propósito que el deber de participar para no quedarte fuera. ¿De qué te vas a disfrazar? Antes respondía “ya llevo un disfraz todos los días”. A pesar de esa respuesta tan desabrida, no dejé de recibir invitaciones, pequeños guiños, a mi alrededor para integrarme en fiestas de carnaval que no me satisfacían plenamente.

Antes me refería a disfraces, obviando el carnaval de chirigotas y comparsas. Que no te hagan gracia ciertas puestas en escena o que no te digan nada es ubicarte en una zona de riesgo. ¿Qué hago cuando veo que no encajo, que no comparto ese sentido del humor? Y surge el temor íntimo al sentimiento aislado.

Conviviendo con el Carnaval

En general, aún hoy, siento que el carnaval pasa a mi lado como compañero de tránsito: coincidimos pero sin molestarnos mutuamente. Para mí fortuna, no vivo en zonas ni regiones de gran tradición como pueden ser La Bañeza, Ciudad Rodrigo, Canarias, etc. También mis relaciones sociales y mis amistades más próximas orbitan lejos de fiestas y escenas carnavalescas. No hay gran amor o tradición por la fiesta. Si bien, aún me siguen llegando invitaciones y propuestas. En este trabajo interno para encontrar un equilibrio, he identificado tres ejes con los que abordar esto:

  • Me gusta ver la gente feliz
    Aunque yo no participe, aunque no sea la fiesta en la que yo pueda aportar, me gusta palpar felicidad a mi alrededor. Ya sea un par de horas o todo un fin de semana. A sabiendas que es una celebración con sus normas e incite directamente a ello, me hace sentir que la felicidad es posible. Y no es una vaga sensación de ingenuidad, sino de íntima certeza.
  • Disfruto con la belleza
    Cuando en televisión veo las galas del Carnaval de Gran Canaria o veo disfraces por la calle, me quedo con al belleza plástica que se despliega. Por muy sencillo que sea, hay cierta propuesta artística. Resuena en mí música cálidamente feliz como la de Manhã de Carnaval. Una apuesta por lo estético, por lo armonioso, dentro de lo que es: una fiesta para el desenfado (y cuidado, muy sobreestimulante). Ya no guardo desazón ni critico a quienes se aventuran a disfrazarse. Observo la libertad y apertura que conllevan y me quedo con esa beneficiosa sensación.
  • Solo será un tiempo
    A diferencia de las navidades, me mentalizo que el Carnaval son solo unos días. Recupero la metáfora de la montaña rusa: ¿quién disfruta más el escaso tiempo de la atracción?, ¿quienes se aferran a las barras del vagón o quienes se sueltan de las manos y gritan de la emoción? Y así me permito que el Carnaval transite por mí.

Sin olvidar que …

Aun así, si me invitan a celebrar alguna tradición, busco las claves para llevarlo e buscar el disfrute. Hago especial hincapié en cuidarme, especialmente de la sobreestimulación que conlleva toda fiesta.

a) Ser yo … incluso con disfraz: Que mi disfraz sea íntimamente coherente conmigo. Hace unos me disfracé de árbol, lleno de verde y profuso. Me hace sentir que participo con lo mejor de mí.

b) Dosifico las energías: Siempre aviso que posiblemente me retiraré pronto. Aunque ya me conocen, siembro el terreno para que nadie se sorprenda si me retiro pronto.

c)  Descanso y descanso:  No estoy todo el día en la calle, salgo cuando realmente me apetece e incluyo en mis rutinas paseos a solas, mejor si es entre los árboles.

d) Sé hasta donde llego: no me va a gustar de repente una celebración que nunca me atrajo. Pero identifico en qué me conecto con al fiesta y en ello baso mi experiencia para que me aporte y participar.

Y tú, ¿cómo vives el carnaval?