El feminismo y la alta sensibilidad

El viernes pasado fui  a la manifestación del Día de la Mujer. Realmente, me quedé  paseando por la Gran Vía. Estaba cortada al tráfico y una multitud consciente y alegre la bañaba. La manifestación aún estaría por el Paseo del Prado, por lo que no había agobios y se circulaba fluido.

La Gran Vía parecía una gran plaza pública donde se palbaba alegría y solidaridad. Muchas personas se hacían fotos, la luz del día caía y el cielo rojizo de marzo nos acompañaba. Sentía que era un momento mágico. Pocas veces una multitud me transmitía tanto entusiasmo y cariño. Me sentía bien, en conexión con todo aquello: un hilo robusto de solidaridad me interpelaba. Carteles con mensajes, pañuelos violetas, abrazos, familias. La lucha alegre y robusta de quien sabe que llegará.

Al poco cada vez había más y  más personas. No me quedé mucho más tiempo. Me retiré antes de que aquello me desbordara, tanto en términos de estímulos como emocional. Ponía mi grano de arena, ocupaba mi sitio y refrendaba mis ideas. Una sintonía profunda y vital con toda aquella voz me invadía. No sabría como expresarlo, pero era como si el dolor de muchas mujeres discriminadas, ninguneadas, silenciadas e incluso maltratadas, de repente se hubiera hecho manantial de vida. Una ola de superación que nos estuviera alentando en una comunión íntima y poderosa en aquellas calles.

Me acordaba de aquellos estudios que alguna vez leí que indicaban que la mujer, por el mero hecho de serlo en esta sociedad, es más proclive a tener más baja autoestima, más dificultad para alzar la voz y con menos habilidades para ejercer influencia (lo que también se traduce en “liderazgo”). Es complicado crecer oyendo expresiones anuladoras como “mujer tenía que ser”, “déjala, es una mujer”.  Y seguir desde la invisibilidad, oyendo como se utiliza lo femenino como algo despectivo, como sinónimo de débilidad, incapacidad, sumisión, fragilidad…. Todo son golpes bajos, pequeños pero firmes, que van haciendo mella en el autoconcepto de cada mujer.

Y esto, de alguna manera, se acentúa más en una mujer que sea altamente sensible. ¿Por qué? En primer lugar, por ser más capaz de captar sutilezas, leer entre líneas y reaccionar más emocionalmente ante esos mensajes, cada vez más sutiles pero constantes, en una sociedad que aún sigue siendo tan machista. Y en segundo lugar, porque en numerosas ocasiones, la propia alta sensibilidad te hace sentir con facilidad que estás nadando contracorriente, que hay algo en ti que, comparativamente, “no está bien”.

De alguna manera, todo pesa y configura nuestro “equipaje”.  Es como llevar dos nudos que resolver: la herencia del machismo y los conflictos que puede crear ser altamente sensible. He conocido mujeres altamente sensibles que, aún siendo conscientes, les ha costasdo un poco más zafarse de ese papel. Porque a la mujer, el machismo la ha supuesto y erigido como sensible, emocional e inestable. Y todo ello como un defecto, como algo que las hacía menos a tener en cuenta. Esto, a riesgo de generalizar, por un lado, les ha llevado a un trabajo más intenso y profundo de autoestima. Y por otro lado cuentan con un carácter más pausado, reflexivo, necesitando tiempo para pensar más las cosas, dificultando de alguna manera enfrentar una respuesta. El proceso ha sido más lento. Esto, sin duda, es a grandes rasgos.

El feminismo y la alta sensibilidad

Ante lo anterior, el movimiento feminista está brindando la sororidad como una vía de entrada más fácil. En general, la mujer altamente sensible no tenía  fácil encontrar su lugar en la lucha activa y visible socialmente. Ese papel de “mujer echada para delante”,  liderando grupos, es un gasto de energía extra no fácil de asumir. Sin embargo, la alta sensibilidad es un don cuando se trata de tejer solidaridad, ayuda, grupos de escucha… la sororidad como método humano, cálido y auténtico de apoyo y enriquecimiento. Y ahí, una mujer que se altamente sensible, tiene la mejor herramienta para actuar.

Comulgo con la frase “el futuro será feminista… o no será” porque creo que hace falta el feminismo, con su enfoque igualitario, respetuoso, humano y sentido de la vida y las personas. Y a la vez también creo que hace falta la alta sensibilidad en el mundo, un rasgo que, recordemos, no tiene género y es transversal. Porque la alta sensibilidad nos permite captar mejor la empatía, entender mejor el sufrimiento y el dolor de la otra persona. Nos invita a ponernos en sus zapatos y entender su historia. Porque la alta sensibilidad se siente mejor cuando contruye y no compite, cuando conecta y no divide. Y de igualdad y sororidad va el feminismo. Y de hecho, si hubiera una mayor alta sensibilidad imperando en el mundo, el feminismo tal vez lo hubiera tenido más fácil en la lucha de sus objetivos.